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Frente al espejo

En un abrir y cerrar de ojos

Ya no estarás en donde estabas:

Un triste viejo está mirándote

con qué terror desde tu cara.

Mirándote ávido y mirándote

mientras la luz te da en su cara:

en un abrir y cerrar de ojos,

ni tú ni él, ni nada.

Eliseo Diego

Lluvia

Llovió toda la noche. Los murciélagos que duermen en los aleros de mi casa no llegaron a tiempo. No sonaron a las nueve los boleros en el vecindario. No jugaron los muchachos con sus muchachas en las esquinas del barrio. Las tiendas cerraron temprano. La señal se dañó y la pareja de al lado no vio la telenovela nocturna. Tampoco hicieron el amor los vecinos recién llegados. Siempre recién llegados. 

 

Se inundaron los canales. Se taparon las alcantarillas. No cazó la lechuza del almendro del antejardín. Se le metió el agua al carro. Se mojó el gato. Se asustaron los niños. Se trasnochó la abuela. Se cayó el nido de la veranera. Se fue la luz. Se fue el teléfono. Se deslizó el barranco a la entrada del barrio. Se creció el caño. Quitaron el agua. Se dañó el transformador. No llegaron al otro día los diarios. 

 

Tampoco escuché tu voz al otro día del naufragio. Entonces, ángel de la soledad, entré a mi blog para decirte que no tienes la menor idea de que la tormenta de tu amor me ha convertido en un náufrago.

A una calle de La Habana. Cerca de la Bodeguita. De noche.

Al malecón de La Habana.

Al Morocho del Arrabal, en la Calle Gardel. Un martes en la noche.

A Plaza Moreno, en La Plata. En primavera.

A la costanera de Mar del Plata. A pie. Con Beatriz y con Leo.

A un parqueadero de la avenida La Esperanza, en Bogotá.

A Neiva, a finales de los ochenta.

A una playa de Rincón del Mar.

A una vieja casa de La Mesa de Elías.

A una cabaña en San Agustín.

A una esquina de Pereira.

A una esquinita de Bucaramanga.

A una plazoleta de La Rioja, donde volví a vivir.

Al cementerio de Neiva.

A un cruce de caminos en Rivera. De noche y en verano.

A una casa en Teusaquillo, donde tuve una revelación.

A la casa de la lectura.

A plaza Santo Domingo.

A una fogata en Arrecifes. Y que el fuego aún esté encendido.

A un tejado, bajo un árbol de mango. De noche.

Textos recuperados 1

Lloverá todo el planeta sobre la imbécil inocencia de la hoja y su blancura. Ríos de tinta enlutarán la pluma del artista. Luego llegará la calma, el breakfast, la mujer del prójimo, la mantequilla en el mantel y el taburete en el zaguán de los años. 

Lloverá tinta en el papel penetrando su inocente blancura. Imbécil la tinta dibujará ventanas, muchas ventanas. Dibujará gotas de agua pero nunca dibujará la lluvia. Al final de la escritura, el papel se tornará peligroso. O más imbécil que antes. Más imbécil que ciertos vallenatos. 

Más imbécil que el temblor del escribiente. 

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Estos párrafos deben ser del año 96. No sé en qué estaba pensando cuando los escribí. No sé porqué lo rescato del baúl que fue a dar a la basura.

Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

Hans y Jenny eran soñadores y hermosos, y su amor compartían como dos colegiales comparten sus almendras.

Amar a Jenny era como ir comiéndose una manzana bajo la lluvia. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecieron maduras las cerezas.

Hans solía contarle fantásticas historias del tiempo en que los témpanos eran los grandes osos del mar. Y cuando venía la primavera, él le cubría con silvestres tusílagos las trenzas.

La mirada de Jenny poblaba de dominicales colores el paisaje. Bien pudo Jenny Lind haber nacido en una caja de acuarelas.

Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de espuma que Jenny le diera.

A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra.

Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos y en el perfume del pan tierno y en las más humildes monedas.

Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el primer día de invierno en la escuela.
Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita tristeza.

Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de Suecia.Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que cantaba en ella.

Una vez hizo Hans un largo viaje y a los cinco años estuvo de vuelta.

Y fue a ver a Jenny y la encontró sentada, juntas las manos, en la actitud tranquila de una muchacha ciega.

Jenny estaba casada y tenía dos niños sencillamente hermosos como ella.

Pero Hans siguió amándola hasta la muerte, en su pipa de espuma y en la llegada del otoño y en el color de las frambuesas.

Y siguió Jenny amando a Hans en los ojos de los mendigos y en las más humildes monedas.

Porque verdaderamente, nunca fue tan hermoso el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

(Aquiles Nazoa, poeta venezolano)

En el campus party

En medio de tantos computadores, ha sido bueno encontrarse con quienes llenan de afecto, energía y creatividad la blogosfera. Como no he podido subir las fotos, pasen por aquí.

En el campus con Alberto

Hola, estamos en campus blog, creando una nueva página en WordPress. Es más bonito? Veremos.