(Fragmento de M.H.)

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
(Miguel Hernández, fragmento)
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El libro y la cancha

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá FILBO 2018, el país invitado es Argentina. Me ha dado mucha alegría esta noticia. La Feria lleva una semana y aparecen en los medios ocasionales notas frívolas sobre el evento. Casi todas en la sesión de farándula, pero ha faltado poco para que aparezcan en la sesión de deportes de los noticieros.

Y es que han promocionado a ese maravilloso país de escritores, como una selección de fútbol, como si ya no tuviéramos bastante con ese mercadeo (que me gusta el fútbol, claro, sobre todo el de barrio, el del petaco al final de “las acciones”). Innecesario, digo, pensar un país de escritores y lectores como una selección que manda a la banca a tipos geniales como César Aira. Al menos eso promocionan en un video que anda por ahí.

Y bueno, además me dice el Diego que han puesto una canchita en el stand del país invitado. Estoy contando mis ahorros para ir a Bogotá la próxima semana y buscar textos de Aira. Y  pues cuento cómo la vi. Eso sí, entraré con un brinquito en la pierna derecha a esa cancha.

 

 

Chocolate

Huele a chocolate en la cocina. En diez minutos serán las seis de la tarde y haber puesto la olleta a esta hora es como un regreso a la infancia. En el campo esta era la hora alegre en la cocina y la noche se venía encima tan pronto alzábamos la taza. Al terminar de comer, a oscuras, era placentero dormir con el sabor del chocolate en la boca.

Ahora no es tan fácil dormir temprano, la noche es larga y hace falta la conversación en la casa. Compartido el chocolate sabía mejor.

Préstame unas horas de tu vida

Hace unos años tenía sueños. Y escuchaba a Héctor Lavoe. Vivía en una hermosa casa pobre abierta a la llanura de la única altiplanicie de Neiva. El viento de la noche traía el aire húmedo de la laguna de la pradera que luego llenaron de casas. La vida no generaba más expectativas que la de cerrar bien la noche y amanecer vivos. A eso nos confiábamos, aunque muchos perdieron la esperanza y olvidaron despertarse al día siguiente.

Héctor Lavoe nos permitía imaginar amores y mujeres fatales, noches sin madrugada: “bebamos en la copa de la aurora y esta noche pecadora, emborráchame de amor”. Y para amar sólo había que embriagarse con el son, el guaguancó, la rumba, el danzón. No habían preguntas ni largas esperas. Tan sólo llegaba el nuevo día para abrir renuentes las ventanas de la casa y reincorporarse a una nueva ilusión, capotear el hambre y emborronar cuartillas.

Hoy la suerte no se invoca con saragüey “saragüey rompe…”. Entonces, “que cante mi gente…”.

Lo que trae la noche.

La última vez que escribí lo hice desde un andén que me acogió en el cansancio de la caminata en la feria del libro de Medellín. La entrada era larga y con muchas fotos, pero el plan de datos sólo alcanzó para subir lo que aparece en la entrada anterior.

A veces en el cansancio de la tarde y cuando no hay clase nocturna, leo un poco en la pantalla y abro puertas y ventanas de la casa a ver qué trae la noche. Por supuesto que como vivo enfermo de nostalgia, siempre la noche llega con reclamos de cigarra, aullidos del viento, susurros. Por eso debería cambiar de horario para dedicar a la tarde largas conversaciones y silencios. Entrar a la noche es entrar al encuentro con el enigma. Con el toro que acecha en el laberinto.

Veamos pues que trae.

La fiesta del Libro y la Cultura 

Así se llama este evento en Medellín, realizado en una especie de pasaje peatonal lleno de transeúntes. Gentes que deambulan y alteran su trajín diario para ojear un libro o sentarse en el suelo frente a la tarima de espectáculos.

Cae la tarde y en verdad esta montaña tropical parece en primavera. No la de Bruno Shultz, que no lo reeditan, sí la del viento fresco de media tarde, la de la gente que se pone bella con el sol, con la noche propiciatoria. Sí la de Tabucci en bella edición de lujo, la de Magris en un Danubio papel periódico, la de Maqroll, la de Sergio Stepansky jugándose la vida por un espejismo, por una mulata, por una rubia celta u oriental. 

Cese el fuego

Son los primeros momentos de un nuevo amanecer en Colombia. Hace pocos minutos entró en vigencia el fin de la guerra de años con las guerrillas de las farc. Mañana ya la sangre no estará, al caer la lluvia se la llevará.

Nací en el corazón de la guerra en una vereda del Caquetá llamada Guacamayas. No la conozco, nunca fui porque no  tenía contactos para entrar a la zona. Nunca pude seguir los pasos de ese viejo aventurero que fue mi padre (el que le contó la historia del sol de los venados a K), quien llevó a su joven y hermosa esposa a vivir a las selvas del sur. Aura Ruth, mi madre, contaba antes de su penosa enfermedad, que yo había nacido en un bombardeo que los obligó  a salir de casa y a esconderse en la espesura de la selva. Nunca indagué por esa versión antes de que la enfermedad silenciara a mi madre y enajenara para siempre su mundo. En mi vida universitaria supe que esas historias fabulosas de mis padres tenían un contexto histórico: supe de los huyentes del Tolima, de las columnas de marcha campesinas luego de las persecuciones a los liberales del sur, del paso de cientos de campesinos que huían atravesando Natagaima y el río Magdalena hacia el Tequendama y el Pato y el Guayabero. También supe años después de los bombardeos a Marquetalia y a Riochiquito, un año después.

Así que nací en la selva en que padre cazaba sigiloso venados, armadillos y borugas. La misma en que se gestó una guerra que duró hasta hoy más de cincuenta años. Mi padre nunca me contó por qué cambiaba de escuela de pueblo en pueblo por los campos del Caquetá. Siempre quiso alejarme del horror que conoció de cerca: el mismo que lo hacía compartir la boruga de la caza con el comandante guerrillero que se encontraba en el camino y con el comandante militar que lo esperaba en Guacamayas para jugar ajedrez y matar el hastío de la tarde. Siempre esperó que la guerra no me tocara pero yo aprendí temprano que la guerra no me era indiferente. Y vi morir a los mejores hombres de mi generación y cargué los cadáveres de valiosos dirigentes populares y lloré a lo lejos el cruel asesinato de muchos de mis amigos de juegos de la juventud y la infancia. Vi caer a los unos y a los otros. A algunos nunca los encontramos. A otros los seguimos esperando.

Y entonces viví. Amé y amo. Y luego crecieron mis hijos y se enteraron de que hubo una guerra y vieron las noticias y me miraron sospechando que su padre, como el mío, venía de otro tiempo, que había vivido una época dramática y llena de dolor, y comprendieron que ellos no querían eso, y entonces decidieron cantar y bailar y reír y leer y amar como su padre que empieza a entrar en años y a sentirse cansado, pero que les heredó, con coraje y lágrimas, un país en paz.

Marquetalia

Va cabalgando, el mayor con su herida, y mientras más mortal el tajo es más de vida

(Sí, un yo ojeroso luego de días de trabajo de campo. Al fondo, Marquetalia, Tolima)