La fiesta del Libro y la Cultura 

Así se llama este evento en Medellín, realizado en una especie de pasaje peatonal lleno de transeúntes. Gentes que deambulan y alteran su trajín diario para ojear un libro o sentarse en el suelo frente a la tarima de espectáculos.

Cae la tarde y en verdad esta montaña tropical parece en primavera. No la de Bruno Shultz, que no lo reeditan, sí la del viento fresco de media tarde, la de la gente que se pone bella con el sol, con la noche propiciatoria. Sí la de Tabucci en bella edición de lujo, la de Magris en un Danubio papel periódico, la de Maqroll, la de Sergio Stepansky jugándose la vida por un espejismo, por una mulata, por una rubia celta u oriental. 

Cese el fuego

Son los primeros momentos de un nuevo amanecer en Colombia. Hace pocos minutos entró en vigencia el fin de la guerra de años con las guerrillas de las farc. Mañana ya la sangre no estará, al caer la lluvia se la llevará.

Nací en el corazón de la guerra en una vereda del Caquetá llamada Guacamayas. No la conozco, nunca fui porque no  tenía contactos para entrar a la zona. Nunca pude seguir los pasos de ese viejo aventurero que fue mi padre (el que le contó la historia del sol de los venados a K), quien llevó a su joven y hermosa esposa a vivir a las selvas del sur. Aura Ruth, mi madre, contaba antes de su penosa enfermedad, que yo había nacido en un bombardeo que los obligó  a salir de casa y a esconderse en la espesura de la selva. Nunca indagué por esa versión antes de que la enfermedad silenciara a mi madre y enajenara para siempre su mundo. En mi vida universitaria supe que esas historias fabulosas de mis padres tenían un contexto histórico: supe de los huyentes del Tolima, de las columnas de marcha campesinas luego de las persecuciones a los liberales del sur, del paso de cientos de campesinos que huían atravesando Natagaima y el río Magdalena hacia el Tequendama y el Pato y el Guayabero. También supe años después de los bombardeos a Marquetalia y a Riochiquito, un año después.

Así que nací en la selva en que padre cazaba sigiloso venados, armadillos y borugas. La misma en que se gestó una guerra que duró hasta hoy más de cincuenta años. Mi padre nunca me contó por qué cambiaba de escuela de pueblo en pueblo por los campos del Caquetá. Siempre quiso alejarme del horror que conoció de cerca: el mismo que lo hacía compartir la boruga de la caza con el comandante guerrillero que se encontraba en el camino y con el comandante militar que lo esperaba en Guacamayas para jugar ajedrez y matar el hastío de la tarde. Siempre esperó que la guerra no me tocara pero yo aprendí temprano que la guerra no me era indiferente. Y vi morir a los mejores hombres de mi generación y cargué los cadáveres de valiosos dirigentes populares y lloré a lo lejos el cruel asesinato de muchos de mis amigos de juegos de la juventud y la infancia. Vi caer a los unos y a los otros. A algunos nunca los encontramos. A otros los seguimos esperando.

Y entonces viví. Amé y amo. Y luego crecieron mis hijos y se enteraron de que hubo una guerra y vieron las noticias y me miraron sospechando que su padre, como el mío, venía de otro tiempo, que había vivido una época dramática y llena de dolor, y comprendieron que ellos no querían eso, y entonces decidieron cantar y bailar y reír y leer y amar como su padre que empieza a entrar en años y a sentirse cansado, pero que les heredó, con coraje y lágrimas, un país en paz.

Marquetalia

Va cabalgando, el mayor con su herida, y mientras más mortal el tajo es más de vida

(Sí, un yo ojeroso luego de días de trabajo de campo. Al fondo, Marquetalia, Tolima)

play list

¿Puede un tema musical narrar la historia de un ser humano? No sé si la historia, pero al menos fragmentos, sí. Todos tenemos una play list. La play list de la vida.

En mi caso, tendría una que se repite de manera absurda mientras pasa el tiempo. Prima el bolero en la play list de mi vida. Y no falta Nino Bravo, que escuchaba madre o “quiero abrazarte tanto”, que silvaba padre cuando íbamos a caballo por la montaña. Recuerdo que en mi niñez, con mi viejo trabajaba, y él a la vez me enseñaba cuánto valía la honradez.

La música negra y cubana me ha dado los mejores momentos de mi vida, buenos o malos. Mejor digo: la antología de mi vida. ¿A quién no le gusta este tumbao, a quién?

Durante muchos años escuché y canté “lágrimas negras”: Aunque tú me haz echado en el abandono, y aunque ya han muerto todas mis ilusiones…”. Abandonado o no ilusionado o sin ilusiones, siempre canté lágrimas negras. Pero uno va rodando y rebota, golpea muros, torpemente va y viene sin saber a veces con claridad para dónde. Dame, dame tu vida, quiéreme siempre, dame tu amor…

Uno da y espera que le den amor. Y espera que eso sea para siempre y cuando parece ser para siempre, aparece el fantasma de lo inmutable, de lo prefijado, de la falta de futuro incierto. Y para entender todo eso, oye lo mejor de su colección musical. Aurora de rosa en amanecer, nota melosa que gimió el violín; novelesco insomnio, do vivió el amor, así eres tú, mujer, principio y fin de la ilusión… 

Si tu supieras, mi sufrimiento, si te contara la inmensa amargura que llevo tan dentro… La imagen de sí mismo que dan los boleros es un poco lastimera, lo sé. Pero qué sería de la vida sin un poco de desarraigo? Aburrida.

El vino y Buenos Aires

Hace unos cinco años estuve como estudiante en La Plata y Buenos Aires durante dos meses. En BsAs compraba un par de botellas de vino y las acomodaba en la alacena del hostal en Palermo, y compraba también hamburguesa donde los chinos. El arroz no sabe igual que en Colombia, pero igual preparaba un poco cada día para no alejarme de mi dieta diaria de arroz como en mi país.

Conocer a Nacho, a Leandro y a Beatriz fue de lo mejor en ese país. Ir a la provincia, recorrer cientos de kilómetros más al sur, llegar al mar frío -en otoño- de Mar del Plata, ir a una bella población: Balcárcel; eso fue maravilloso. Y tomar vino.

Una noche llegué, no sé cómo, al Morocho del Arrabal, un bar en el pasaje Gardel. Bueno, es más que un bar pero por economía verbal digamos un bar. Un sitio donde la gente que estaba en las mesas circundantes se ponía de pie y pasaba al escenario y cantaba tango como si en ello se les fuera la vida. Yo estaba realmente maravillado y era consiente de que en la siguiente botella de vino agotaba mis recursos. Igual la pedí para recibir el amanecer e invitar al dueño del bar a mi mesa cuando la ley local ordenaba cerrar los bares.

Recuerdo, a duras penas, que hablamos de mi padre y su amor por la música de Agustín Magaldi. Yo tomaba y los comensales que ahora sólo estaban en mi mesa, reían y celebraban que un colombiano anodino les contara, borracho, historias de un país del que al parecer se saben todas la historias: violencia y narcotráfico.

Bebí vino como los dioses bebieron vino cuando lo inventaron y brindé con unos desconocidos por la noche, la calle, la poesía, el tango, mi padre, la posibilidad de que los seres humanos se sienten y beban y se hermanen y se abracen y se celebren. Gracias al vino.

El tiempo pasa

No sé cuánto tiempo ha pasado pero se siente extraño volver. El regreso ha sido un grito en el corazón. ¿Por qué abandoné la escritura de párrafos y la cambié por frases? Cosas de la tecnología.

Creo que mi regreso es una mezcla de búsqueda y espanto. huida. La gente anda como loca tomándose fotos a toda hora. Expone de manera obsesiva su privacidad, sus manías, cualquier cosa. No quiero más eso, al menos por un tiempo. Hay mucha impertinencia y estupidez a mi alrededor. Yo también he sido impertinente y estúpido todo este tiempo. Y seguro lo seguiré siendo. Pero al menos escribo para pensar sobre eso. Para quién escribo? Para mí. Un escritor es un escritor si tiene audiencia? Abandonen sus audiencias, digo. Y hablen consigo mismos, al menos por un tiempo. Intentémoslo.

Estoy aprendiendo por estos días una cantidad de cosas sorprendentes. Me detengo un poco en lo que veo y siento y vivo y es impresionante la cantidad de cosas por aprender. Aprender a quererme, por ejemplo, es una asignatura pendiente. Pues allá vamos.

Medios

Si la resistencia civil es en oriente, la llaman “primavera árabe”.

Si la resistencia civil la hacen hombres blancos en Cibeles o Central Park, les llaman “indignados”.

Si la resistencia civil es indígena y en Toribío, les llaman “indios guerrilleros”.

Eso hacen los medios colombianos.

Redes sociales

Llevo un tiempo, que no quiero calcular por ahora, metido en redes sociales. Hace un par de años abandoné mi blog(spot). Y la verdad es que me hace falta la escritura. Quiero escribir un poco de nuevo, sin muchos lectores, sin muchas pretensiones. Y como facebook además de ser aburrido, está volviéndose un monstruo, pues me alejaré un poco de sus entrañas mientras hace la primera digestión monstruosa.

 

Y vuelvo aquí, a reaprender cómo es que se hace esto de la escritura tranquila y sin las presiones narcisistas del twuit y del fb. Con tumblr tengo otros planes perversos. Nos veremos de nuevo. Si no me siento cómodo, me largo de nuevo, preparo desde ya mi retirada victoriosa.